12/09/2019 - 04/11/2019
V.

Sentarse y contemplar el paisaje. Recorrer el litoral con los ojos pretendiendo llegar más allá de lo que permite la vista. Al dibujar la costa con la mirada los obstáculos geográficos desaparecen. Es un viaje largo que no tiene pérdida; se trata de seguir y seguir hasta volver. Un color lo recubre todo. Pueblos, países y continentes vuelven y nos rodean. Es un paisaje poco romántico, nada sublime. Los pies en la tierra y una mirada que nunca se pierde; la costa nos acompaña y nos sostiene. La luz choca y rebota sólida; no consigue disolver el conjunto en una masa irreconocible que invite demasiado a la imaginación. La costa es un primer horizonte que rompe la continuidad del siguiente.

Enfrente, el mar, y justo detrás, la montaña. El verde es gris y el marrón es azulado. Debajo las casas blancas, algunas venidas a menos y otras venidas a más, se perfilan como bloques geométricos que estructuran el paisaje. Hay más árboles de los que uno pudiese creer. Sopla el viento y se mueven todos al mismo tiempo en un ritmo frenético pero perfecto. Sincopado, con determinación hacia un lado y con suavidad retornando hacia el otro. No se oye ni un murmullo. Tan solo el mar y el viento que se confunden entre sí.

Se ven pocas luces. Luces que actúan como faros. Los que marcan el camino por la costa y los que lo puntúan hacia el interior más oscuro. Las casas se erigen sobre las rocas. Caminando encontramos elementos arquitectónicos y ornamentales repetidos. Parece que marcan de alguna manera el camino a seguir. En cuanto ves uno, ves el resto. Y así se configura una visión muy definida e insistente del paisaje y del trayecto. Una insistencia ligera. Una esquina incierta. Le veo y le dejo de ver; con un bocadillo aún a medias se pierde en la distancia. El melocotón sigue ahí, mordido y en equilibrio.

El amanecer está ahí. Mucho más lejos el paisaje se define aún más.
De cerca es escarpado y de lejos un recorte negro contra el cielo o el mar plano.
Los campos de vides y de olivos son parecidos de lejos y de cerca.
Las formas de las hojas se olvidan. Las piedras se recuerdan. Interior confuso y contorno preciso.

To sit down and contemplate the landscape. To scan the coastline with the eyes, trying to reach beyond what one can see. On drawing the coast with the gaze, geographical obstacles disappear. It is a long journey on which it is impossible to become lost; it is a question of continuing on and on until the return. A certain colour blankets everything. People, countries and continents come back and surround us. It is an unromantic landscape, in no way sublime. Our feet on the ground and a gaze that is never lost; the coast accompanies and sustains us. The light collides and bounces around as if solid; it is unable to dissolve the whole into an unrecognisable mass that excessively provokes the imagination. The coast is a first horizon that breaks the continuity of the next.

In front of it, the sea; just behind, the mountain. Green is grey and brown is a bluish colour. Beneath, the white houses (some worse for wear and others less so) line up in geometric blocks that structure the landscape. There are more trees than one could possibly foresee. The wind blows and they all move at the same time in a frenetic but perfect rhythm. In syncopation, they lean to one side and gently return to the other. Not a murmur is heard. Only the sounds of the sea and the wind merge together.

Few lights are seen. Lights that act as beacons. Those that mark the way along the coast and those that punctuate it towards the darker interior. The houses are built on rocks. Walking on, we find repeated architectural and ornamental elements. They seem to mark the path to follow in some way. As soon as you see one, you see the rest. And so a sharply defined and insistent vision of the landscape and the way forward are configured. A vague insistence. An uncertain corner. I see him and stop seeing him; with a half sandwich he gets lost in the distance. The peach is still there, bitten and balanced.

The dawn is rising there. Farther away the landscape grows even more defined.
From close up, it is steep; from afar, a black silhouette against the sky or the flat sea.
The fields of vines and olive trees are akin from both near and afar.
The shapes of the leaves are forgotten. Stones are remembered. Confused interior and precise contour.

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Julia Spínola - V. (2019)
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Julia Spínola - V. (2019)
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Julia Spínola - V. (JS.19.01) (2019)
Papel, botellas y listones de maderaPaper, bottles and wooden slats - 13 x 47 x 51 cm
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Julia Spínola - V. (JS. 19.02) (2019)
Papel, botellas y listones de maderaPaper, bottles and wooden slats - 13 x 37,5 x 47 cm
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Julia Spínola - V. (JS. 19.03) (2019)
Papel, botellas y listones de maderaPaper, bottles and wooden slats - 12,5 X 42 X 88 cm
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Julia Spínola - V. (JS.19.09) (2019)
Papel, botellas y listones de maderaPaper, bottles and wooden slats - 10 X 45 X 59 cm
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Julia Spínola - V. (2019)
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